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Acerca
de la libertad de expresión
La libertad de expresión es un derecho humano. Lo consagra
el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos
de 1948:
" Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión
y de expresión". Pero el artículo 29 recuerda: "En
el ejercicio de sus derechos y en el disfrute de sus libertades,
toda persona estará solamente sujeta a las limitaciones
establecidas por la ley, con el único fin de asegurar el
reconocimiento y el respeto de los derechos y libertades
de los demás, y de satisfacer las justas exigencias de la
moral, del orden público y del bienestar general en una
sociedad democrática".
La Convención Americana sobre Derechos Humanos de 1969 declara
en su artículo 13, inciso 1: "Toda persona tiene derecho
a la libertad de pensamiento y de expresión". Pero
el inciso 2 afirma: "El ejercicio del derecho previsto
en el inciso precedente no puede estar sujeto a previa censura,
sino a responsabilidades ulteriores, las que deben estar
expresamente fijadas por la ley y ser necesarias para asegurar:
a) el respeto a los derechos o la reputación de los demás
o b) la protección de la seguridad nacional, el orden público
o la salud o la moral públicas". Y el inciso 4: "Los
espectáculos públicos pueden ser sometidos por la ley a
censura previa con el exclusivo objeto de regular el acceso
a ellos para la protección moral de la infancia y la adolescencia,
sin perjuicio de lo establecido en el inciso 2". Como
universitario, periodista y sacerdote de la Iglesia Católica,
siempre he tratado de ejercer y defender, responsablemente,
este derecho constitutivo de la dignidad humana.
A esta libertad se opone la acción de censurar. En el Diccionario
de uso del espanol , de M. Moliner, las tres primeras acepciones
de censurar son: "1. (no frec.) Juzgar el valor de
una cosa, sus méritos y faltas. 2. Examinar correspondencia,
escritos, películas, etc., para ver si hay algún inconveniente,
desde un punto de vista político o moral, para darles curso,
publicarlos o exhibirlos. 3. Tachar o suprimir algo en un
escrito o en una obra destinada a la publicidad".
Quiero ahora agregar que también he tratado de ejercer,
responsablemente, la acción de censurar, ya que como director
de una revista cultural (Criterio) y miembro de un comité
de redacción de una revista académica (Revista Latinoamericana
de Filosofía), he debido valorar los méritos y las faltas
de las contribuciones sometidas para su publicación y tachar
o suprimir algo en un escrito como condición previa a su
publicación. Como autor también he sido sometido a esta
acción de censurar, propia de la actividad académica, y
en muchas ocasiones me he beneficiado de ésta. Cuando se
analiza más de cerca la libertad de expresión se cae en
la cuenta de que los que la defienden siempre son los que
la usufructúan y controlan. En efecto, comencemos a analizar
lo que ocurre con la palabra escrita u oral en el campo
de la comunicación social. El derecho a la libertad de expresión
es reivindicado por los duenos de diarios y revistas, y
los licenciatarios de las frecuencias radiales y televisivas.
Basta hablar con los periodistas que trabajan en dichos
medios para cerciorarse de que la acción de censurar se
ejerce cotidianamente en ellos en todos los niveles internos.
El ciudadano común no tiene acceso a esta forma de libertad
de expresión, y tampoco toma conocimiento de cómo se ejerce
la acción de censurar en el interior de dichos medios.
Cabe aquí distinguir la prensa escrita de la radio y de
la televisión. Cualquiera puede expresarse por la prensa
sin censura previa, porque no se requiere permiso, aunque
si mucho dinero, para publicar un escrito. En cambio, no
cualquiera puede ser dueno de una radio o de un canal de
televisión, porque las frecuencias autorizadas son limitadas
y, además, son acordadas por el gobierno. Por eso el único
medio en el que auténticamente se ejerce hoy la libertad
de expresión es Internet, pues allí la comunicación es libre.
Si pasamos de la palabra al arte, comprobamos que los censores
son los que dirigen los museos, los curadores de las exposiciones,
los duenos de las galerías de arte, los directores de los
teatros, los duenos de las salas de cine y los distribuidores
de las películas. Ellos, por sí y ante sí, deciden qué se
expone y qué no en un museo o centro cultural, a quién se
elige para exponer, a quién se contrata para cantar o ejecutar
música, qué obras de teatro se representarán y quiénes las
interpretarán. Mientras el Fondo Nacional de las Artes,
el Conicet o la Universidad de Buenos Aires tienen órganos
colegiados de gobierno, estas otras instituciones tienen
una forma de gobierno que permite a sus directores, tanto
privados como públicos, ejercer discrecionalmente la acción
de censurar: éste sí, éste no. En este caso es conveniente
hablar con los innumerables artistas que se sienten excluidos
de expresar libremente sus talentos por cuestiones de gustos,
estilos, soluciones económicas o modas, para comprobar que
la tan declamada libertad de expresión está finalmente controlada
por muy pequenos sectores de la sociedad.
A mi juicio, la discusión acerca de la libertad de expresión
gira en realidad en torno del derecho de censurar. La censura
gubernamental es algo sumamente danino, sobre todo cuando
impide el libre intercambio de opiniones políticas. Hoy
sabemos que esto se hace cotidianamente en el orden nacional
y provincial de nuestro país, tanto en los medios escritos,
como en los radiales y televisivos, principalmente, pero
no únicamente, a través de la concesión o retiro de la publicidad
oficial. Pero en la sociedad civil también se cercena y
se condiciona la libertad de expresión. Lo hacen los duenos
de los medios masivos de comunicación social. Lo hacen las
empresas privadas mediante el uso de la publicidad. En el
campo cultural y artístico ocurre algo similar cuando lo
que prevalece es lo "políticamente correcto",
muchas veces equivalente a lo transgresor.
El ejercicio de la libertad de expresión está condicionado
por la acción de censurar en todas las sociedades del mundo.
De lo que deberíamos conversar es acerca de la calidad,
ecuanimidad, independencia y pluralismo de los censores.
Si deben ejercer su oficio con un poder discrecional o si
deberían estar asistidos por órganos colegiados representativos
de opiniones diferentes. Siempre será necesario juzgar el
valor de una cosa, sus méritos y faltas.
Que podamos encontrar el modo de hacerlo con humildad, con
inteligencia, con prudencia y grandeza de alma, preparados
para rectificarnos si fuera necesario.
Nota de
Rafael Braun publicada en La Nación.
El autor es sacerdote, ex director de la revista Criterio
y académico de periodismo.
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